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BUKOWSKI

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renny m. -

Boom boom


El reciente fallecimiento de Carlos Fuentes nos evoca añoranzas del boom literario latinoamericano de la década del sesenta del pasado siglo. Aquel reventón de creatividad nos latigueó con una dosis pasmosa de atrevimiento iconoclasta y ruptura de patrones establecidos en todos los órdenes, cumpliendo a cabalidad con la consigna tan cara a Baudelaire y a Wilde: Épater le bourgeois, o traducido al castizo: sorprender al arrellanado, dejar boquiabierto al cariacontecido, remecer al dormilón.

No sé si estoy autorizado para sentenciar lo siguiente: desde entonces, la literatura producida de aquel lado del charco no ha emitido tamañas luces de osadía —con alguna que otra excepción por aquí o por acullá. Es natural. De la misma manera que los jóvenes creadores de principios del siglo veinte reaccionaron en contra del modernismo de Rubén Darío o del criollismo de los autores de finales del diecinueve, los escritores nacidos luego de ese decenio pletórico de Beatles, guerrillas y hippies comeflores, también intentaron sacudirse del lomo las trazas de aquella corriente tan absorbente y totalizadora, pletórica de las bellas Remedios que ascendían al cielo por obra y gracia de los mágicos realismos.

Pero seamos aun más tajantes: posterior a esa pléyade de deslumbramiento donde el recién fallecido autor de Terra Nostra fue una súper nova de lúcidos quilates, no es mucho lo que el subcontinente puede exhibir para provocar la curiosidad del lector que, en su fuero íntimo, desea ser maravillado y estremecido, cual vivaracho burgués clamando: Épatez-moi, s’il vous plaît!

Para asombrarnos con aquel regodeo que creíamos perdido nos llega esta novela intitulada Helio. Su autor es el venezolano Nicolás Soto. Pero, atención. La recibimos con una aprensión previa, rozando el recelo. Todo lo proveniente del país del soberbio Orinoco viene contaminado con la peculiar situación política que allí se vive, la tan mentada polarización. O estás de este lado, o estás del otro, pretendiendo involucrarnos al resto de los mortales en tan imprudente colisión.

Nicolás Soto no disimula rehuir tal inquina, pero lo encubre con dos armas seductoras: una trama envolvente (que va de menos a más, como un ajedrez infalible) y un lenguaje multifuncional en el que coexisten la metáfora atrevida, la eficiencia que cautiva y cierto toque de humor irreverente.

Hablemos de negruras. El lector desprevenido creerá verse ante una novela negra, otro policial más. Sí, con otro whodunnit hemos topado, caro Sancho de las páginas —podría exclamarse. Pero la cosa toma un giro hipnotizador y subversivo cuando todo parecía resuelto y bien atado. Y aquí es donde aterriza con nervio sicotrópico la comparación con el boom sesentoso.

¿Son cautivantes los personajes? Juzgue usted. Elio, el venido a menos con su dejadez congénita y su desilusión amorosa siempre a cuestas como una giba fatal. Beatriz, su enamorada infructuosa, devenida en candoroso ícono al desencadenarse la trama a través de un tifón metafísico que la emparenta precisamente con Remedios La Bella y con Antonio Conselheiro, el profeta polvoriento de Mario Vargas Llosa. Ádicson Hermelindo, el seudo Richelieu del llano venezolano, el proto Fouché sabanero, el Casanova lunaroso, el rey del estraperlo provinciano. Más el retablo que les brinda compañía: los pillastres (o malandros, en jerga venezolana), el enervante comisario policial, la rabuda querida del poderoso, los burócratas lampiños. Y qué de nombres de pila (el santoral cristiano arrojado al basural a la hora de escoger apelativos): Yosney, Renylú, Yusmeirys, Yecelys, Liubar, Jean Charlys, Lizybeth… ¡Guao!

Quizá, para mi gusto, el final del asunto, luego de la conmoción vertiginosa de tantos síndromes mesiánicos y alucinógenos, sea un tanto aleccionador, quizá algo moralizante, quizá un poco colindante con lo catequista, quizá demasiado próximo al happy ending. O quizá a usted, amigo lector, le convenga esa dosis de reposo después de someterse al zarandeo inclemente de una narración tan adictiva como no veíamos desde los tiempos del boom.

Renny Montañez
renny59677@yahoo.es
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Helio
Nicolás Soto
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